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Recuerda

Gema

Nunca necesité palabras porque mi cara y mi cuerpo fueron mi mejor carta de presentación. Mis ojos de gata están tan repletos de misterios y silencios que si hablaran sonrojarían a los más puritanos porque por mí contuvieron el aliento desde grandes altos cargos hasta hombres desgraciados que soñaron conmigo como una ilusión imposible.

Mi cuerpo era perfecto, limpio, mítico y exótico. Piernas interminables, cara de ángel con ojos rasgados de color indescifrable, labios carnosos y sensuales; la primera mujer que se atrevió a enseñar el pecho en el cine español para envidia de todas las demás.

Se conocía todo mi exterior: mis medidas de infarto, una altura superior a la media, un peso ideal que mantenía sin dietas o restricciones, pero nadie se paró a conocer mi mente, mis sentimientos o los deseos que anhelaba y, entre todos, igual que me crearon, me rompieron y me olvidaron.

Hoy solo yo conozco mi historia y la cuento a quien la quiere escuchar, cuando ya nadie se para, ninguno me reconoce; incluso sé que se ríen de esa pobre loca, por eso tengo que ser yo sola la que, una y otra vez, cuente mi historia para recordar quien fui y quien soy. Ahora cuando ya nadie recuerda.

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