Exprime un limón, añade un puñado de sal gorda y a esa mezcla se le une algún tipo de manteca vegetal o unas gotas de aceite, con el ungüento resultante se frota el rostro para eliminar las células muertas y conseguir una piel limpia y suave.
Otra forma de exfoliar y nutrir el rostro a la vez es utilizar el sérum o la crema con agujas, el último skincare que más lo peta en Tik Tok, o mejor dicho, ver cómo alguna adolescente se destroza el rostro en vivo y en directo, llegando casi a las lágrimas.
Hace poco tiempo una dermatóloga me comentaba cómo había pasado por su consulta una niña de 11 ó 12 años con la cara hecha un estropicio porque había querido eliminar su acné adolescente con sal y limón, al preguntarle la especialista la razón del desaguisado, la criatura todavía convencida del remedio, le contestó que era el consejo de una conocida influencer. La doctora intentó explicarle la praxis médica y el tratamiento pautado conforme a ella, a lo que la niña le replicó muy airadamente que eso no era, ni por asomo, lo que se explicaba en la red social. “Evidentemente, ante esa respuesta totalmente convencida, yo no tenía nada que aportar y mis años de estudios no valían nada”, me dijo la doctora.
Está claro, y lo he comentado ya muchas veces en esta página, que las redes sociales son un potentísimo canal de comunicación y de saber, muchas veces en positivo y otras tantas, y cada vez más, en negativo. El problema es cuando se pone en juego la salud de las personas y en este caso concreto la salud de niños y jóvenes que, por seguir la moda, el reto viral, o la última ocurrencia del famoso/a de turno que muchas veces esconde el lucro económico, se amenaza la integridad personal.
En mi conversación con la dermatóloga, la siguiente pregunta que le hice fue por la actitud de la madre de la niña que la estaba acompañando en la consulta, la doctora me dijo que no intervino en ningún momento porque parecía muy orgullosa de lo bien que se explicaba su hija.
No voy a entrar en el debate de a qué edad los niños deben tener un móvil o cuándo y a qué redes deben tener acceso, ese no es el cometido de esta página ni de la revista, pero ¿dónde queda la responsabilidad de los padres cuando, además de la belleza de sus hijos, se atenta contra su salud?






