La Dra. Keila Mitsunaga, dermatóloga, explica cómo el adelgazamiento puede afectar a la estructura facial y qué tratamientos no invasivos ayudan a recuperar firmeza y armonía en el rostro.
“Estos cambios en la cara tienen una explicación anatómica clara. Cuando se adelgaza no solo disminuyen los depósitos grasos corporales, también se reduce la grasa facial que actúa como soporte natural de la piel. Como consecuencia, determinadas zonas del rostro pueden verse más hundidas o menos definidas, haciendo más visibles signos de envejecimiento».
En este tipo de casos, la estructura que se ve más afectada es la grasa subcutánea facial, tanto en sus compartimentos superficiales como profundos, responsables de aportar volumen y sostén a los tejidos. A esto hay que sumar la capacidad de la piel para adaptarse al nuevo volumen facial. “Las primeras capas de la piel deben retraerse para ajustarse a la pérdida de grasa. Cuando la elasticidad cutánea ya está comprometida por la edad o por otros factores, esta adaptación puede ser más difícil», señala la doctora.
Además, en pérdidas de peso importantes —como aquellas asociadas al uso de análogos del GLP-1 y a cirugías bariátricas— no solo se pierde grasa, sino también un porcentaje de masa muscular, lo que puede influir en el aspecto general del rostro.
En consulta, los expertos confirman que existen diferentes niveles de flacidez y depende en gran medida del perfil de cada paciente. Por ejemplo: factores como la cantidad de peso perdido, la rapidez del proceso, la edad, la calidad de la piel, la genética o la distribución natural de la grasa facial influyen directamente en el resultado.
“Debemos tener en cuenta que con el paso de los años nuestra piel disminuye la producción de colágeno y elastina, dos componentes esenciales para la firmeza cutánea. Además, factores como la exposición solar acumulada, el tabaquismo y determinados hábitos de vida pueden acelerar el deterioro estructural de la piel y favorecer todavía más la aparición de esta flacidez”, explica la doctora, y añade: “En términos generales, una pérdida de peso gradual permite una mejor adaptación de los tejidos. Cuando el adelgazamiento se produce de forma rápida, la piel dispone de menos tiempo para reorganizarse y retraerse, por lo que los cambios faciales suelen ser más evidentes”.
Si analizamos las zonas del rostro en las que estos cambios son más evidentes, las mejillas, el tercio medio facial, el contorno mandibular y la zona submentoniana son las áreas donde con mayor frecuencia se aprecia la pérdida de soporte. También es habitual que los surcos nasogenianos y las líneas de marioneta se vuelvan más visibles.
Tratamientos
Aunque no siempre es posible evitarla por completo, sí existen medidas que ayudan a reducir su impacto. Los especialistas recomiendan una pérdida de peso progresiva, acompañada de una alimentación equilibrada, una correcta hidratación y una ingesta adecuada de proteínas para favorecer el mantenimiento de los tejidos.
La fotoprotección diaria, evitar el tabaco, descansar correctamente y utilizar productos dermocosméticos adecuados también contribuyen a preservar la calidad de la piel durante el proceso. Además de tratamientos combinados para tratar de aspecto global el rostro. Resalta los ultrasonidos focalizados de alta intensidad (HIFU), que actúan en distintas capas de la piel y del sistema de soporte facial estimulando la formación de nuevo colágeno y favoreciendo un efecto tensor progresivo.
También destaca los bioestimuladores de colágeno, capaces de mejorar la calidad cutánea y aumentar la firmeza mediante la activación de los mecanismos naturales de regeneración de la piel. Y por su parte, el ácido hialurónico reticulado ya que permite restaurar volúmenes estratégicos que se han perdido con el adelgazamiento, mejorando el soporte facial y suavizando determinadas depresiones o surcos.






