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La evolución de la reposición de volumen facial

Desde hace décadas, médicos y cirujanos han intentado corregir la pérdida de volumen facial asociada al envejecimiento o mejorar determinados rasgos anatómicos como el mentón, los pómulos o el ángulo mandibular.

Lo curioso es que, dice la Dra. María José Barba, médico estético, la medicina estética está recuperando una de las técnicas más antiguas y naturales de su arsenal terapéutico: la utilización de la propia grasa del paciente. La técnica utilizada en los años 80 y 90, antes de la aparición de los modernos rellenos faciales. Las opciones para restaurar volumen eran limitadas. En aquella época comenzó a popularizarse el lipofilling, consistente en extraer grasa de una zona corporal del propio paciente mediante liposucción y reinyectarla en otra región que necesitaba volumen. Una herramienta valiosa para corregir depresiones faciales, mejorar el contorno de los pómulos o aumentar la proyección del mentón.

Sin embargo, las técnicas de procesamiento eran todavía rudimentarias. La supervivencia de los adipocitos era impredecible y los resultados variaban considerablemente entre pacientes. Como consecuencia, muchos profesionales buscaban alternativas más sencillas y reproducibles.

Los años 2000, la revolución de los rellenos

La llegada del nuevo milenio marcó un cambio radical. Los rellenos faciales experimentaron una auténtica explosión gracias al desarrollo de materiales inyectables que permitían realizar tratamientos rápidos, prácticamente sin recuperación y con resultados inmediatos. El ácido hialurónico se convirtió en el gran protagonista: su seguridad, versatilidad y reversibilidad transformaron la medicina estética facial. Por primera vez era posible definir pómulos, proyectar mentones, perfilar mandíbulas o restaurar volumen en cuestión de minutos.

Junto al ácido hialurónico aparecieron otros materiales de relleno de larga duración o permanentes, entre ellos la poliacrilamida, que alcanzó una gran popularidad en algunos países, pero con el paso de los años, la experiencia clínica mostró que algunos materiales permanentes podían generar complicaciones tardías.

Migraciones, inflamación crónica, formación de nódulos o dificultades para su extracción hicieron que numerosos de estos productos fueran abandonados progresivamente. La poliacrilamida es uno de los ejemplos más conocidos.

No se busca rellenar, sino regenerar

Actualmente, los pacientes demandan resultados naturales, biocompatibles y duraderos. Paralelamente, el avance de la medicina regenerativa ha permitido comprender mejor el enorme potencial biológico del tejido adiposo. Hoy sabemos que la grasa no es simplemente un material de relleno.

Es un tejido vivo rico en células madre mesenquimales, factores de crecimiento y componentes regenerativos capaces de mejorar la calidad de la piel y favorecer la reparación tisular.

Hoy las técnicas de extracción, procesamiento e infiltración han mejorado enormemente. Los resultados son más predecibles, más naturales y con una supervivencia mucho mayor del tejido trasplantado y es una herramienta para todo el cuerpo, la lipotransferencia se emplea para restaurar volumen en múltiples regiones corporales: pómulos, mentón, ángulo mandibular, sienes hundidas, labios, dorso de manos, glúteos, mamas o corrección de cicatrices y secuelas traumáticas.

También en ginecoestética se ha convertido en una herramienta fundamental dentro de ella, donde puede utilizarse para restaurar volumen y mejorar la calidad de los tejidos vulvares.

Grasa o ácido hialurónico

No se trata de elegir uno u otro, porque ambas técnicas son complementarias. El ácido hialurónico ofrece precisión, versatilidad y resultados inmediatos. Es ideal para pequeños ajustes y pacientes que buscan procedimientos mínimamente invasivos.

La grasa autóloga aporta volumen biológico, integración natural y un importante componente regenerativo. Resulta especialmente interesante cuando se requieren restauraciones volumétricas más amplias o cuando se busca una mejoría global de los tejidos.