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Cómo afecta el estrés en la piel

El Dr. José Luis Ramírez, dermatólogo de IMR (Instituto Médico Ricart), explica que «la relación estés y piel es muy estrecha porque la piel y el sistema nervioso están conectados de forma constante. La piel no es solo una barrera física, también responde a señales hormonales, inmunológicas y nerviosas». De ahí que un periodo de estrés pueda alterar el funcionamiento de la piel y favorecer inflamación, cambios en la producción de grasa o una mayor sensibilidad. Pero como refleja el doctor, esta conexión funciona en ambos sentidos: una enfermedad dermatológica, especialmente cuando es visible o crónica, también puede repercutir en el bienestar psicológico.

El estrés en la piel

El estrés puede manifestarse de formas muy diferentes y no todas las pieles responden de la misma manera. «Algunas personas notan más grasa y brotes de acné; otras, más sequedad, sensibilidad, picor o irritación», explica el Dr.
También puede favorecer el empeoramiento de enfermedades inflamatorias que ya estaban presentes, como la dermatitis atópica, la psoriasis o la rosácea.
A ello se suman los cambios de hábitos que suelen acompañar a los periodos de estrés: «dormimos peor, nos tocamos más la cara, comemos de forma diferente o dejamos de cuidar nuestra piel», añade el Dr. Ramírez. En definitiva, todo ello puede contribuir a alterar el estado de la piel.

Estrés, cortisol y sueño: cómo se refleja en la piel

Cuando el estrés se mantiene en el tiempo, esto puede alterar la salud de la piel. «La exposición prolongada a niveles elevados de cortisol y a otras señales relacionadas con el estrés puede alterar la función de la barrera cutánea y modular la respuesta inflamatoria e inmunitaria de la piel», explica el Dr. Ramírez. Esto puede traducirse en una piel más reactiva, sensible o inflamada. No obstante, el especialista recuerda que «el cortisol no es “malo”: es una hormona necesaria; lo importante es el contexto y la duración de la respuesta al estrés».
Por otro lado, el sueño también juega un papel importante, ya que dormir poco o de forma irregular puede afectar a la función de la barrera cutánea y favorecer una mayor inflamación y sensibilidad. La ansiedad, por su parte, puede influir en dormir peor, tocarse o rascarse la piel o descuidar la rutina de cuidado.

Un problema visible de la piel y la autoestima

La piel es una parte muy visible de nuestra identidad y, cuando aparece una alteración, puede hacer que la persona se sienta más observada o insegura. Esto puede repercutir en la autoestima, la confianza y la forma de relacionarse con los demás, especialmente cuando se trata de un problema persistente o difícil de ocultar.
El impacto, además, no siempre está relacionado con la gravedad clínica su enfermedad, no solo valorar lo que vemos en la piel».

Hábitos saludables para reducir el impacto del estrés en la piel

No existe una rutina cosmética capaz de compensar el estrés mantenido. Por eso, además del cuidado de la piel, el Dr. Ramírez recomienda prestar atención a los hábitos generales: dormir lo suficiente, mantener una alimentación equilibrada, hacer ejercicio y buscar estrategias que ayuden a gestionar el estrés.

En cuanto a la rutina, conviene simplificar cuando la piel está sensible: una limpieza suave, hidratación adecuada y fotoprotección diaria son una buena base. También se debe evitar introducir demasiados productos o activos irritantes y, si existe una enfermedad dermatológica, seguir el tratamiento indicado por el especialista en lugar de intentar solucionarla únicamente con cosméticos.