Como si de una distopía inversa se tratara, hace unas semanas cientos de ovejas y cabras tomaron y recorrieron todo el centro de Madrid por la celebración de la Fiesta de la Trashumancia. Un evento anual que pretende reivindicar la tradición ganadera en un mundo donde se olvidan las tradiciones y el ganado está completamente fuera de lugar entre el asfalto, la Puerta de Alcalá y los coches eléctricos. No tengo muy claro qué pensaría el oso cuando se vio rodeado y emparedado con su madroño y, después de su paso, dejaron un buen reguero de malolientes bolitas negras.
En medio de ese maremágnum había gente hablando de lo bonito que les parecía aquella fiesta: turistas con cara alucinada, chanclas y bermudas de colores que a pesar de estar en pleno otoño se resistían a perder la búsqueda del sol español y lo mismo pasean de esa guisa por la Puerta del Sol que visitan el Salón del Trono del Palacio Real.
¿Acaso existe el mismo sentido de lo bello en todo el mundo?
Una pregunta semejante se debieron hacer un grupo de neurocientíficos que, reunidos en el Museo del Prado, discutieron sobre las conexiones entre el arte y el cerebro. Dos mundos, para mí, completamente opuestos pero que según explicaron ellos: “comparten una profunda vocación por comprender la experiencia humana”. Y es que la belleza en sí es un concepto objetivo porque estoy segura de que a lo largo de la historia todos los seres humanos se han estremecido al ver una puesta de sol. Aunque en cada una de las etapas haya ido cambiando el canon propio de esa belleza y lo mismo sucede según los distintos continentes. A lo que tenemos que añadir la subjetividad del ojo de cada individuo, unido a sus gustos y su cultura personal.
Sobre lo que deberíamos tener un absoluto consenso es en la repulsa del suicidio, y mucho más en niños y adolescentes. ¿Qué puede ser tan terrible para a una niña de 14 años que le lleve a quitarse la vida y deje de ver todas las cosas verdaderamente bonitas que la rodean?





