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Obesidad: cuando la ‘culpa’ es de la genética o la epigenética

La culpa es un concepto que ‘pesa mucho’ y está muy presente en el entorno de la obesidad. Es habitual el intento desesperado por identificar ‘la causa’ que origina y perpetúa esta enfermedad, pero la tarea suele ser inútil, ya que “estamos ante un trastorno que, exceptuando alguna rara excepción, tiene un origen multifactorial: no hay un solo culpable, sino que es una combinación de factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales”, admite la Dra. Mª Ángeles Núñez Sánchez, investigadora principal Miguel Servet del Grupo de Obesidad, Diabetes y Metabolismo del Instituto Murciano de Investigación Biosanitaria (IMIB); sin embargo, “la herencia genética juega un papel importante en el desarrollo de la enfermedad”.

¿Se puede medir la predisposición genética?

La obesidad monogénica, aunque es un tipo poco frecuente, suele ser evidente desde etapas tempranas de la vida y se puede medir de forma precisa mediante estudios genéticos, que permiten detectar de forma concreta qué mutación es la responsable.

Sin embargo, dentro de los casos determinados por herencia genética, la mayoría se deben a una combinación de variaciones (polimorfismos genéticos), que afectan a diferentes genes.

Además, hay factores presentes en el embarazo o, incluso, antes de la concepción que pueden tener una gran trascendencia en el riesgo de desarrollar obesidad. Es el caso de los disruptores endocrinos, que están muy presentes en el ambiente, en muchos casos como contaminantes. Estos compuestos pueden afectar a la forma en la que se expresan los genes, sin que se produzcan mutaciones en el genoma.

“Es lo que se conocen como cambios epigenéticos, los cuales pueden determinar si un gen se activa o se reprime”, señala la Dra. Núñez, que pone el ejemplo de una mujer embarazada expuesta a esos compuestos y que se producen cambios en la forma en la que se expresan genes implicados en el desarrollo de la obesidad. “Es posible que esos cambios no solo afecten a la madre, sino que también afecten al bebé, aumentando el riesgo de que ese niño desarrolle obesidad en el futuro y esos cambios pueden incluso llegar a transmitirse a futuras generaciones”.

En el caso de los cambios epigenéticos, resulta difícil determinar si las modificaciones observadas se van a mantener en el tiempo o van a ser transmitidas a la descendencia. Aun así, la investigación está avanzando rápidamente para poder identificar y cuantificar esas modificaciones.